Berta.

Encuentro la habitación vacía y aprovecho para arreglarle la cama mientras llega; con una mano desecho unas finas hebras de pelo adheridas a las sábanas mientras con la otra intento alisarlas. No puedo, están demasiado arrugadas.

Me siento con desgana y hojeo una revista para distraerme. Reprimo mis lágrimas. Nos hicieron mucho hincapié en lo de transmitir positividad, por lo que inconscientemente aparece en mi rostro una sonrisa mil veces ensayada y carente de felicidad.

Una limpiadora irrumpe en la habitación y nos intercambiamos una mirada de estupor. “Tengo que limpiar, al parecer se ha quedado libre”, afirma a modo de excusa. Me dirige una última mirada condoliente y baja la vista, chasqueando la lengua. Decide empezar con la limpieza del baño.

Mi cuerpo ha quedado paralizado en el sillón pero mi mente vuela a toda velocidad. Me maldigo sin piedad por haber tardado tanto en venir desde la última vez. Espera, la última vez fue anoche. Debería haberme quedado a dormir. Ahora ya no lo podré hacer más. Es más, ahora no podré hacer nada con ella. Nada.

Vuelve a abrirse la puerta y lo que veo hiela aún más la sangre en mis venas. Por primera vez en semanas noto un leve tono rosado en sus mejillas cenicientas y una sonrisa radiante de dientes algo descascarillados. Tardo unos segundos en reparar en la maleta de mano.

  • Berta cariño, ¿Qué pasa? ¿Adónde vamos?

Blande tan enérgicamente el papel delante de mi cara que tardo en enfocar las letras. Me flojean las rodillas. Lo leo. Parpadeo. Lo vuelvo a leer: “Informe de Alta Hospitalaria”.

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